Prólogo de “Maternidad imposible”, de Irene Vilar

Así empieza “Maternidad imposible”, el libro que acabamos de publicar, donde Irene Vilar cuenta cómo abortó quince veces en diecisiete años.

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“Podría decirse que mi vida ha estado señalada por la experiencia extrema del aborto. Durante años, leer u oír hablar acerca del tema convertía inmediatamente las palabras en una vorágine de emociones. Cuando me topaba casualmente con la canción «Un caballo sin nombre», de la banda América, o con El último justo,un libro que me acompañó durante una década vergonzosa de mi vida, me sentía profundamente perturbada.

No me resulta grato contemplar la moralidad de mis acciones. A mi entender, la cuestión moral del aborto es muy difícil porque es inusual. Y es inusual porque el feto humano no se parece a nada ni a nadie, y porque la relación entre el feto y la mujer embarazada es tan única, tan diferente de cualquier otra relación.

Comencé a escribir este libro en 2001 como la historia, al estilo Pigmalión / My Fair Lady, de un hombre maduro y una adolescente, de un profesor y una estudiante, y la predecible, aunque no poco interesante, ruptura de su mutua fascinación.

Pero luego cambié de rumbo. La historia que necesitaba contar era la de una adicción. La idea me obsesionaba, pese a mis esfuerzos por desecharla. La perspectiva de seguir adelante con el libro no era muy gratificante que digamos, especialmente para mis seres queridos. Me advirtieron de que podría ser blanco del odio tanto del movimiento en favor de la vida como del movimiento en favor de la elección. Mi testimonio estaba condenado a ser incomprendido. La otra alternativa era permanecer en silencio. Sin embargo, el hecho de que mi experiencia del embarazo y el aborto fuera difícil de entender no me parecía una razón válida para silenciarla. Por lo demás, que el aborto clandestino sea una cosa del pasado no implica que el aborto legalizado constituya un acontecimiento «normal». Quienes optan por abortar, al margen de las razones que las llevaron a tomar esa decisión, tienden a mantenerlo en secreto y a escudarse tras un velo de silencio. Yo misma he eludido hasta ahora mis sentimientos con respecto al aborto y a la identidad de un embrión y de un feto.

No obstante, mi testimonio no se ocupa de las cuestiones políticas que giran en torno al aborto, ni tampoco se relaciona con el aborto ilegal y arriesgado, una preocupación histórica de vital importancia para generaciones y generaciones de mujeres. Mi relato es una exploración de traumas familiares, de heridas autoinfligidas, de pautas compulsivas de conducta y de la claridad y la confusión morales que guiaron mis decisiones. Mi historia está lejos de ajustarse al eslogan «mi cuerpo, mi elección». Con el propósito de proteger la libertad reproductiva, muchas de quienes nos adherimos al movimiento a favor de la elección preferimos no hablar públicamente de experiencias tales como la mía por temor a comprometer nuestro derecho a elegir. Al llevar el debate sobre el aborto al plano de la experiencia existencial que puede representar para muchas mujeres, a fin de lograr una mayor autenticidad y una forma de comunicación más enriquecedora, corremos riesgos.

El aborto es un hecho penoso, producto de acciones inadecuadas. El movimiento a favor de la vida preconiza el heroísmo, enfoca la experiencia de un modo sensacionalista e ignora los errores. Uno de esos «errores» es la presión económica agravada por la ignorancia, que es la causa más común para someterse a un aborto. Es imposible no percibir un sentimiento contrario a la vida en dicho movimiento cuando protege la ignorancia, oponiéndose a la planificación familiar, a la educación sexual y al uso responsable de anticonceptivos. En un artículo aparecido en enero de 2005 en The New York Times, se dan a conocer las estadísticas de abortos en América Latina y las alarmantes consecuencias de un rígido fundamentalismo sumado a la pobreza y a la ignorancia. Según informes de las Naciones Unidas, más de cinco millones de abortos, la mayoría ilegales, se realizan anualmente en América Latina. En 2006, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) indicó que cinco mil mujeres mueren cada año en América Latina y el Caribe debido a complicaciones relacionadas con abortos inseguros —este número representa el más alto porcentaje (29%) entre las regiones a nivel mundial—. También se estima que, en la región, alrededor de un millón de mujeres de bajos recursos económicos son hospitalizadas anualmente por complicaciones relacionadas con un aborto inseguro.

Se calcula que, en todo el mundo, cincuenta millones de embarazos no deseados se interrumpen voluntariamente cada año; de estos, veintisiete millones lo hacen en condiciones inseguras. Como resultado, se estima que setenta y ocho mil mujeres en el mundo mueren cada año por abortos inseguros, y son muertes totalmente evitables.

Estas cifras reflejan, entre otras cosas, la ineficacia de recomendar la abstinencia como única forma de contracepción, que es el programa general seguido por las iglesias y las escuelas. América Latina posee algunas de las leyes más severas contra el aborto y, sin embargo, registra la tasa más alta de abortos del planeta. En cambio, en Estados Unidos, donde el aborto es legal y la educación sexual es más amplia, en 1990 la tasa de abortos llegó a su mínimo en veinticuatro años, y alcanzó el nivel más bajo en 2008 con 18,6 abortos por cada 1000 mujeres entre 15 y 44 años, según el Instituto Alan Guttmacher. (En América Latina, son 39 abortos por cada 1000 mujeres).

Las jóvenes de Europa occidental son tan sexualmente activas como las norteamericanas, pero gozan de una mejor educación sexual y están más informadas con respecto al uso de anticonceptivos. Tienen siete veces menos probabilidades de sufrir un aborto y setenta veces menos probabilidades de tener gonorrea. Resulta, entonces, insostenible identificarse con el movimiento «a favor de la vida», ya que, en definitiva, le exige a Estados Unidos que recaiga en las horrorosas cifras de aborto latinoamericanas y en las alarmantes cotas de mortalidad femenina, e ignora de manera flagrante las estadísticas que muestran la baja tasa de abortos en Europa occidental. Por muy decidida que esté a contar la historia de mi adicción al aborto sin demorarme en el debate político y filosófico que rodea el caso Roe contra Wade[1], no puedo seguir adelante sin reconocer que, treinta y tres años después del fallo ejemplar de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, los estados han aumentado el número de restricciones al aborto. El fallo les dio a las mujeres el derecho protegido constitucionalmente de optar por el aborto en las primeras etapas del embarazo. A diferencia de lo que dice el movimiento en favor de la vida, el veredicto reconoce y remarca el hecho de que los traspiés y las desgracias humanas que conducen a la dolorosa realidad del aborto —tales como los problemas psicológicos que me afligían o los económicos que padecen tantas personas— se hallan fuera de control. En consecuencia, la obligación del Estado de asegurar el derecho de la mujer a la vida y a la salud —un derecho vulnerado por las leyes contra el aborto— debe ser el principio rector.

Con el alarmante aumento de las restricciones a la interrupción voluntaria del embarazo, solo pueden agravarse los tropiezos y fallas que constituyen la realidad del aborto.

La mía es una historia que revela, en parte, la ausencia y posterior aparición de un sentido de responsabilidad cuando ejercía mi derecho al aborto. Quiero analizar por qué, cuando el aborto se vuelve repetitivo y automutilante, cabe considerarlo una adicción. Mientras tanto, espero abordar cuestiones susceptibles de elucidar hasta qué punto los defensores de ambos movimientos, como ocurre con muchas posiciones humanas profundas y extremistas, están equivocados y, a la vez, tienen razón.

Durante años, no se me ocurrió pensar que hubiera algo que decir en lo tocante al aborto. Por el contrario, había mucho que olvidar. Pero descubrí que un gran número de mujeres deseaba reconciliarse con un pasado marcado por la cobardía y la necesidad de ampararse en el poder de otro. Muchas de ellas habían sufrido múltiples abortos y, al igual que yo, estaban ansiosas por encontrar un lenguaje que les permitiera transmitir una experiencia de la cual rara vez hablaban. Mi testimonio no es único. Más allá del lenguaje antiséptico y práctico de la planificación familiar y del discurso legalista o moralista del caso Roe contra Wade con sus contrapartes a favor de la elección y a favor de la vida, hay pocas palabras para elaborar relatos íntimos y privados. Aproximadamente, la mitad de las mujeres estadounidenses que abortaron en 2004 (un millón y medio) había tenido un aborto anterior. Cerca del veinte por ciento había abortado por lo menos dos veces y el diez por ciento lo había hecho tres o más veces. Un número considerable de esos abortos reiterados pertenecían a poblaciones en las que era habitual el uso de anticonceptivos.

 

* * *

 

«Tuve doce abortos en once años y fueron los años más felices de mi vida». (En total fueron quince en quince años, los tres últimos con otro hombre). Escribí esas palabras hace un tiempo, antes de comprender la verdad. Sé que estoy destinada a la incomprensión, que muchos juzgarán mi pesadilla como el abuso de un derecho o como una manera de controlar la natalidad. Pero no es así. Mi pesadilla es parte de un terrible secreto y la verdadera historia está envuelta en un manto de vergüenza, colonialismo, automutilación y en una historia familiar cuyos protagonistas son una abuela heroica, una madre suicida y dos hermanos adictos a la heroína.

Sé que este relato no resolverá el dilema moral de mis acciones. No obstante, quería comprender la fascinación que me producía mi cuerpo embarazado, el fallido deseo de convertirme en algo o en alguien más. Me guiaron los diarios que escribí durante todos estos años. La promesa que le hago al lector es entregarle el relato de mi adicción al aborto, una continua corriente de infelicidad, la radiografía de un espejismo y, finalmente, el rostro redentor de la maternidad.

Mientras trabajaba en la segunda mitad de este libro, me embaracé por decimosexta vez. Creo que no hubiera sido capaz de dar a luz sin el llamado a la responsabilidad y a la autorreflexión que esta historia exigía. Mi hija era la coherencia que emergía al cabo de un vergonzoso caos de treinta y cinco años.

Sí, soy una adicta al aborto y no es mi intención buscar un chivo expiatorio. El último siglo nos ha enseñado que todo puede explicarse y justificarse. Todo excepto el peso de la vida interrumpida que morirá conmigo.”

 

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